Mis inventos nikola tesla pdf

Este libro está dedicado en prueba de amistad y admiración mis inventos nikola tesla pdf doctor Doron Swade MBE y a la doctora Betty Alexandra Toole. Es posible que el lector ya sepa quién fue Ada Lovelace y sienta una enorme curiosidad por el personaje. Si no es así, confío en que este libro se la despierte. En ese momento, el interés por su obra ya se había generalizado.

Existe un lenguaje de programación muy conocido que lleva su nombre y que el Departamento de Defensa de Estados Unidos inventó a finales de la década de 1970 para fundir un gran número de lenguajes. El mundo científico ha tendido a discriminar a las mujeres. Así, no se reconoció, en general, el admirable trabajo del personal femenino de Bletchley Park, la instalación militar británica donde se descifraron los códigos alemanes en la Segunda Guerra Mundial. Y todos los homenajes oficiales a los descubridores de la doble hélice del ADN pasaron por alto la decisiva aportación de Rosalind Franklin: una injusticia que abochornó a sus colegas varones, distinguidos con el Premio Nobel. No me propongo estudiar aquí las causas históricas de este fenómeno. En todo caso, no cabe duda de que hoy existe un enorme interés por conocer la historia de las mujeres que han contribuido a los avances científicos. Aunque su sombra la persiguió siempre, Ada no conoció en realidad a su padre, lord Byron, que la abandonó cuando tenía poco más de un mes.

Su madre, en cambio, no la desatendió ni mucho menos: hija de un matrimonio ilustrado, que le había brindado una educación lo bastante buena para permitirle moverse en círculos liberales, lady Byron gobernó férreamente la vida de Ada. Sin embargo, su trayectoria está ligada sobre todo a la de su íntimo amigo, Charles Babbage, el científico que inventó la primera calculadora mecánica. Los dos compartían un incansable afán de conocimiento. Ada Lovelace supo ver más allá de la inmediata aplicación de los inventos de su amigo. Babbage era refractario a tales especulaciones: según parece, no concebía sus máquinas más que como calculadoras. Ada intuyó el nuevo campo que se abriría para la innovación una vez unidas la matemática pura y la práctica con cálculos que excedían la capacidad humana. Ada era amable, imaginativa, nerviosa y vehemente.

Tenía mala salud, y las matemáticas la ayudaban a concentrarse. Al final de su vida, enferma de cáncer, mitigó los terribles dolores con fármacos que hoy reconocemos como drogas alucinógenas. Collier describe la obra de Babbage con rigor y perspicacia, ofreciendo abundante información técnica. Comparemos ahora la opinión de Collier, que no conoció a Ada, con la de Charles Babbage.

Espero convencer al lector de que Ada Byron, condesa de Lovelace y única hija legítima de lord Byron, merece sin duda figurar entre los gigantes de la informática, así como en la lista de mujeres de talento extraordinario a las que no se animó a desarrollarlo del todo por el solo hecho de ser mujeres. Este libro surge de la admiración por su genio, que ninguna biografía ha reconocido cabalmente hasta ahora. Esta regla será la que apliquemos aquí. A seis kilómetros y medio al sudeste de la ciudad de Canterbury, cuya gran catedral normanda es famosa en todo el mundo, se encuentra la bonita aldea de Patrixbourne. Los papeles póstumos del club Pickwick habla con ternura de sus manzanas, cerezas, lúpulos y mujeres. Hoy, a las afueras de Patrixbourne, una carretera estrecha, embarrada y llena de baches desemboca en un campo extenso con una doble hilera de tilos que data de finales del siglo XIX.

En otro tiempo, los árboles bordearon un largo camino para coches. A varios cientos de metros al sur, un pequeño puente de piedra y madera construido en el siglo XVIII cruza el Nailbourne, un riachuelo que, según una leyenda local, no fluye más que cada siete años. Los árboles y el puente son los únicos vestigios de la espléndida casa de campo que hubo en otra época, y que se conocía como Bifrons. Los coches de caballos llegaban a la mansión por el camino de los tilos. El puente y el tramo del Nailbourne que atraviesa formaban parte de la extensa finca.

Parece inverosímil que Bifrons, que estaba a casi cien kilómetros del humeante bullicio de Londres, propiciase el desarrollo intelectual de la mujer más célebre de la historia de la tecnología. Sin embargo, de haber visitado la casa en la primavera de 1828 y paseado por uno de los senderos que atravesaban la finca, es posible que uno hubiese visto jugar a Ada Byron, una niña guapa y precoz de doce años. La de sus padres fue una historia turbulenta. Milbanke, una joven de buena familia. Se casaron la mañana del 2 de enero de 1815. Entonces Byron ya era célebre en toda Gran Bretaña y Europa, así como en otros continentes: una fama que se debía a su agitada vida sentimental tanto como a sus poemas. Bifrons, antes de ser demolido en 1948.

En los doce meses de vida conyugal, la joven pareja sufrió el continuo acoso de los acreedores, una experiencia angustiosa para Annabella, pero normal para Byron. Y es que el poeta llevaba un tren de vida demencial, comprando todo cuanto se le antojaba. El matrimonio pasó graves apuros económicos, ya que los padres de Annabella seguían sin enviar la dote que habían prometido: posiblemente temían que Byron abandonara a su hija nada más recibir el patrimonio. El caso es que éste no llegó en los doce meses y dos semanas que vivieron juntos. Por lo demás, Byron solía atormentar a su mujer con estallidos de ira en los que la acusaba de hacerle sentir como si estuviese en el infierno.

Se acostaba con ella siempre que podía, pero le era infiel con su mediohermana Augusta, la actriz Susan Boyle, y seguramente otras mujeres. Augusta y Byron tenían el mismo padre. El incesto no era infrecuente ni mucho menos en una época en que la pobreza, el hacinamiento y la falta de calefacción en las casas a menudo obligaban a varias personas a dormir en la misma cama, cosa que ocurría incluso en las mansiones de la nobleza: de hecho, la relación carnal entre hermanos de padre no estaba mal vista en las familias aristocráticas. El idilio no les causó, desde luego, ningún resquemor a Byron ni a Augusta. Ada nació el domingo 10 de diciembre de 1815.